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martes, 4 de febrero de 2014

Vientos de cambio en la universidad




Recién caído el muro de Berlín y tras la desaparición del telón de acero, los estudiantes universitarios de economía de principios de los noventa aún aprendíamos que existían dos sistemas económicos: el libre mercado (propio del capitalismo) y el centralismo económico basado en políticas de planificación (propio de los regímenes autoritarios). La Europa del Este soñaba con salir del yugo centralista soviético para disfrutar del nivel de vida y de las libertades del mundo desarrollado. De hecho, los últimos acontecimientos ocurridos en Ucrania recuerdan al ansia de libertad de aquellos tiempos plasmada por los Scorpions en aquel himno musical de Rock llamado "Wind of change".

Más de veinte años han pasado desde entonces y es sorprendente cómo en nuestro país, nunca hemos llegado a abandonar el centralismo ni el control de las decisiones por parte de organismos artificialmente creados al respecto en instituciones públicas. Este proceso se ha vivido de manera muy intensa en la universidad pública "sovietizando" la mayoría de los procesos, que han de contar con la aprobación sucesiva, en una estructura radicalmente jerárquica, de consejos burocratizados, hasta llegar a autoridades muy similares en su filosofía al Sóviet supremo.

En este proceso, lo primero que se ha hecho es estandarizar los procedimientos. Cualquier propuesta de nuevos estudios, investigación e innovación, cursos, formación o modificación de enseñanzas existentes  ha de encajar en una serie de documentos y formularios estructurados. Aquellas propuestas que no cuadren en el conducto reglamentario son inmediatamente rechazadas o, en el mejor de los casos, paralizadas. Por supuesto, el volumen de documentación a rellenar es ingente incluso para pequeñas modificaciones de un plan de estudios. Todo ha de aparecer perfectamente cuantificado, aportando porcentajes de presencialidad, horas, minutos y segundos que el alumnado, supuestamente, va a asistir a clases presenciales en comparación con otras actividades, temporalización exacta de contenidos, número de competencias a adquirir y un largo etcétera. Todo ello se justifica en aras de la supuesta calidad y la ansiada excelencia (mal entendidas ambas). Se concibe el proceso de enseñanza aprendizaje como una programación de alumnos teledirigidos por profesores robotizados donde todas las tareas están escrupulosamente definidas en tales porcentajes, resultados numéricos y secuencialidad. Posteriormente, el consejo asesor correspondiente revisará esa documentación y, bajo criterios difusos expresados, eso sí, numéricamente, decidirá darle continuidad o detener la propuesta. Para ello, se realiza un informe al que el proponente podrá responder mediante un contrainforme y así hasta el infinito o hasta el aburrimiento del profesor o investigador impulsor de la iniciativa.

Para lograr este objetivo, se ha procedido a eliminar cualquier viso de autonomía del profesorado universitario, incluidos los cargos de nivel medio a nivel de facultades (directores de departamento, secretarios, vicedecanos, coordinadores de titulaciones e incluso decanos, entre otros). De este modo, y mediante la procedimentalización (palabra tan fea como el propio concepto), se les inunda de "papeles" a través una burocratización exacerbada y mayoritariamente inútil. Este bucle administrativo se retroalimenta a través de una miríada de aplicaciones informáticas absolutamente rígidas e impersonales que minimizan el contacto humano y que esclavizan al profesor a su uso cotidiano para cualquier trámite relativo a cualquier proceso universitario. Huelga decir que estas aplicaciones no dejan espacio alguno a la solución de problemas por ninguna vía alternativa. Esto es lo que hay, y punto.

Ni la creatividad ni la flexibilidad tienen cabida alguna en este sistema. La inclusión de nuevos avances en las asignaturas o que un profesor decida sobre la marcha prestar mayor atención a un tema que a otro por motivos de actualidad es inconcebible si no está programado de antemano. La paradoja es que la Universidad, que por definición ha de ser no sólo una institución creativa sino creadora, va languideciendo lentamente en un universo gris contaminado por la decepción continuada de los que sufren el sistema y la autocomplacencia de los que lo fomentan. El tiempo que los profesores e investigadores dedicamos a la burocracia quitándoselo a la investigación, la creación científica y a la mejora de los estudios actuales es simplemente insostenible. Muchos han optado por marcharse a otras universidades y otros muchos tratan de mantenerse ajenos al sistema evitando cualquier tipo de iniciativa creativa. Ninguna empresa innovadora puede funcionar así. La respuesta a las necesidades y cambios del mercado, vinculados especialmente a la rápida evolución de la tecnología, requiere de altísimos niveles de flexibilidad y agilidad en la toma de decisiones que, de otra manera, dejarían a la empresa fuera del mercado. Las universidades que puntúan alto en los ranking mundiales se caracterizan por esta filosofía de rápida adaptación a los cambios del entorno, incorporando con gran flexibilidad profesionales del sector e investigadores de prestigio provenientes de todo el mundo, tanto para docencia como para investigación.

Por otro lado, las escuelas de negocios y las universidades privadas van progresivamente  posicionándose en estudios y titulaciones demandadas por la sociedad y que las públicas tardan años en vislumbrar. Es sorprendente además cómo la filosofía del tratado de Bolonia que dio lugar al Espacio Europeo de Educación Superior se basaba en la libertad de investigación y enseñanza y aquí se está fomentando justamente lo contrario. Es fundamental y urgente invertir la tendencia recuperando con rapidez a los investigadores brillantes que optaron por marcharse, atrayendo igualmente a los mejores del mundo, simplificando los procesos y permitiendo que fluya la iniciativa personal. Además es crucial generar un caldo de cultivo hacia la innovación dentro de la universidad: innovación en planes de estudio, metodologías, enseñanzas online, títulos bilíngües,… No basta con decirlo ni utilizar con maniqueísmo las palabras “calidad” y “excelencia”, hay que creérselo de verdad y hay que implementarlo ya. La autonomía del profesorado es la base del nuevo proceso. La universidad española cuenta con la generación de docentes e investigadores más preparados de la historia. Dejarles languidecer y emigrar es un error que no nos podemos permitir. Todo esfuerzo merece una recompensa.

Publicado en el periódico El Ideal (Vocento) el 14/02/2014